En Mojácar, cuando el otoño invade nuestros corazones y se desmenuza en nuestras conciencias, la vida recupera su latir pausado e intimista. La estación estival se prolonga más allá de Septiembre con la tozudez de un enamoramiento, y hasta finales de Octubre, el otoño es solo conceptual, un mero dato astronómico sin apenas consecuencias para el clima. Sin embargo, de la precipitación y el jolgorio pasamos a la calma; del “postureo” y la música electrónica, al paisaje; de la intensidad, el grito, el agotamiento y las resacas, a una sencilla conversación. Los días son más cortos pero el tiempo interior se alarga, y las cosas que nos rodean adquieren la pátina de la verdad. Es entonces cuando la muy noble ciudad de Mojácar se vuelve más auténtica, reveladora y hospitalaria, más a nuestra disposición. Todos los chiringuitos siguen abiertos hasta mediados de Noviembre, algunos incluso ni siquiera cierran, y las playas transmiten sensaciones del pleistoceno, de cuando el hombre y la playa suponían un acontecimiento único. La mujer y el hombre enfrentados al mar y a ellos mismos, como seres individuales y como entelequia de unidad, aventurándose en una experiencia de pura comunión. Muchas veces nos buscamos en los espejos de nuestras casas sin ningún resultado reseñable, no nos encontramos porque sencillamente no estamos allí. De hecho, la mayoría de las reservas que recibimos a partir del 10 de Septiembre se inician en ese acto tan cotidiano y eventualmente terrorífico. La asociación de ideas suele ser espontánea, no me encuentro en el espejo, ergo, Mojácar. Pues nada, que así sea.

 

 

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