Para entender la gastronomía de Mojácar hay que asomarse un poco a la Historia y recurrir, como un viajero de otros tiempos, a la cartografía. La Historia nos dice que Mojácar perteneció durante varios siglos al noble y refinado Reino de Granada, de remanencia árabe y persa, y la cartografía nos sitúa en un territorio fronterizo, donde las sangres mora, cristiana, almeriense y murciana se confabularon para crear un territorio aparte. La Historia nos cuenta que esta zona, Almería entera, cayó en una profunda decadencia económica cuando a mediados del siglo XX se fueron cerrando las minas que tanta riqueza aportaron desde el inicio de la Revolución Industrial, muchas de ellas abiertas en el Neolítico. El paisaje y el paisanaje descritos por Juan Goytisolo en Campos de Níjar nos dan una idea de hasta qué punto la pobreza, más bien la miseria, nos hizo ignorantes, emigrantes y sabios. A principios del siglo XVI, cuando concluyó la Guerra de las Alpujarras, Mojácar se repobló con murcianos. Pero este pueblo no se parece para nada a Murcia, los únicos denominadores comunes son el Mediterráneo y la gastronomía. A todos nos gusta comer bien, aunque seamos pobres. Y el secreto para comer bien no está en la materia prima sino en el ingenio. Cuando el ingenio, además, se dirige a crear una materia prima exclusiva, nadie se levantará frustrado de la mesa. Igual que en Murcia, en Mojácar, gracias a los acuíferos de Sierra Cabrera, también hay huertas, de donde proceden las verduras y hortalizas de nuestros platos. La gastronomía de Mojácar y de todo el levante almeriense se genera a partir de la pobreza, del secano, del mar y del ingenio. Por ejemplo, las migas, algo parecido al cous cous pero más rico. Las migas, como casi todos los platos de esta zona, son coyunturales. En este caso, si llueve, los supermercados se quedarán sin harina de sémola. Todo el mundo comprará harina de sémola y si paseas por cualquier calle al medio día, el aroma que exudan las casas te recordará lo muy ricas y baratas que son las migas. Lo normal por estos andurriales tan próximos al mar es acompañarlas con sardinas o boquerones y, por supuesto, con rábanos de la huerta, pero también, con un buen vino de la tierra. Porque esa es otra. Durante la última década se han creado caldos realmente interesantes por aquí. En lo que va de siglo XXI, gracias al turismo, Mojácar se ha convertido en un lugar abiertamente cosmopolita en cuanto a paladares. Y así, nos resultará más fácil comer carne a la manera argentina que gurullos de perdiz, conejo o liebre; y antes que leer ajo colorao en el menú, o pelotas, o caldo de pimentón, o maimones, o cazuela de habas verdes, o trigo con hinojos, entre otras muchas posibilidades autóctonas, encontraremos pizzas y todo tipo de pastas, así como guacamole y sus derivados, fajitas de pollo o cordero, tapas tailandesas, hamburguesas, bocadillos, kebas, musaka, y eso que llaman desayuno inglés. La oferta es tan amplia que no sería raro volver de nuestras vacaciones con diez kilos de más. Eso sí, los diez kilos más felices de nuestras vidas. Por lo visto, para degustar los platos más típicos y coyunturales de la zona hay que irse a Vera: Terraza Carmona, Hotel Vera; o a Lubrín: El Marchal, o cocinarlos uno mismo en casa. Y si se trata de pescado: Garrucha, hábitat natural de la gamba roja y del gallopedro. 10406404_716933958380482_152683782597261770_n[1] Recomendamos los siguientes enlaces para una gastronomía cosmopolita del siglo XXI, para una gastronomía nacional y para el hágalo usted mismo.

COMIDAS NACIONALES

COMIDAS INTERNACIONALES

RECETAS: MOJÁCAR EN LA COCINA.

Ajo colorao

Gurullos con conejo.

Olla de trigo

Migas

Andrajos

Gamba roja de Garrucha.

Gallopedro

Arroz garruchero

Cuajadera de sepia