Hemos asistido a cursos, charlas, conferencias, coloquios y reuniones de trabajo, hemos leído manuales e infinidad de artículos, hemos visto documentales y debates en televisión, y conversado con numerosos colegas, y nunca hemos oído ese término. Turismo de playa, turismo de interior, turismo de negocios, turismo rural, turismo ecológico, enológico, activo, cultural, comprometido, religioso, incluso turismo con una determinada orientación sexual, y turismo de guerra o de borrachera, médico y de aventuras, en fin, supongo que el último que se podría añadir a la lista sería el turismo emigrante. También se habla de turismo familiar, dando por hecho que todas las parejas son familia. Y es posible que lo sean, porque a lo mejor llevan veinte años casados y tienes tres hijos, pero no significa nada desde el momento en que organizan una escapada romántica a Mojácar precisamente sin niños. De repente, se convierten en una entidad turística que no es familia ni es grupo, y vale, vienen a Mojácar o se van a Córdoba, o viajan para asistir a una manifestación en Madrid, o proceden del Reino Unido y están aquí para curarse los riñones o el espíritu…, su actividad turística podría encuadrarse en cualquiera de los capítulos especificados, pero son un fenómeno en sí mismo y habría que estudiarlo con más detenimiento. Porque Mojácar es el destino perfecto para esta clase de viajeros. Puede que el romanticismo esté más asociado a ciudades como París, Roma o Lisboa, ¿y quién si no un tonto renunciaría a viajar con su pareja a cualquiera de ellas?, un romanticismo cargado de historia, arte, melancolía y visitas guiadas, de colas kilométricas para entrar al Louvre, de terrazas atestadas, camareros que tardan y la Torre Eiffel. Bueno, en Mojácar tenemos otra torre, la del Pirulico o Torre del Peñón, que podría ser tataratatarabuala de la francesa, y ese aire de tolerancia y buen rollo al que muchos llaman embrujo. Pero, ¿qué es el embrujo y de qué modo afecta al turismo de pareja? Sin duda, el concepto está relacionado con el espíritu, la zona invisible de nuestro cerebro a la que no llegan los microscopios y sobre la que el “embrujo” ejerce siempre una influencia positiva. Por eso, los primeros turistas de Mojácar fueron los hippies, (turismo hippie), entre los que había toda clase de artistas e intelectuales y algún que otro ladrón de guante blanco, quienes descubrieron que uno de los pueblos más septentrionales de la costa almeriense no era solo paisaje y no era solo clima. Había algo más. Una atmósfera benigna, una sensación constante de bienestar, una manera de entender el Mundo, una filosofía de vida, una gracia indefinible, un no sé qué asociado a la mágica influencia de las cosas sencillas de la naturaleza. Y cuando la experiencia de Mojácar se vive en pareja, no es raro que se implemente el amor y se diluyan los desencuentros. Puede que suene cursi, pero es así. El embrujo actúa sobre la pareja como un catalizador de emociones. Desde ahora, propongo un nuevo Indalo para los meses menos calurosos del año, podréis verlo en la foto si es que el dibujo sobre la arena me sale bien. Más cursi y auténtico, imposible.

20141008_123009

 

 


Deja tu comentario