El tema más recurrente en los comentarios negativos que recibimos, que no son tantos, se refiere a la cuesta de la calle Miguel Hernández. Esa cuesta no es uniforme ni continua, algunos repechones resultan especialmente cansinos y hacen de ella un lugar realmente inolvidable, sobre todo para las chicas con tacones. Sin embargo, hay que reconocer que no son las chicas quienes más se quejan, este verano por ejemplo, nuestra amiga Aída publicó en su face una foto suya junto a la rampa más pronunciada de Miguel Hernández. Podríamos titularla: “Retrato de Aída con cuesta de fondo”. Aída se quedó tres noches más de las previstas porque nunca encontraba el momento adecuado para irse de Mojácar. Recontando los comentarios negativos a propósito de la cuesta, resulta que son los chicos quienes más la sufren. Pero somos incapaces de interpretar este hecho.

Hace poco leí en un blog de viajes que las playas y calas más atractivas del Cabo de Gata exigen un gran sufrimiento a sus visitantes, el de llegar hasta ellas. Pensemos en la Playa de los Muertos y en la Cala de San Pedro, o en la pequeña y recóndita cala de Piedra Negra, cuya ubicación exacta prometí no revelar nunca. Y es verdad. Ese sufrimiento forma parte de su encanto y de su embrujo. Hay una página que se llama Almería embrujada, con eso lo digo todo.  A veces, llegar a algunas de esas calas y playas puede resultar tan doloroso como escalar la calle Miguel Hernández. Porque si bajas a los Muertos con la nevera portátil, la sombrilla, las toallas, los bocadillos, los niños y tu cuñado el quejica, cualquier cosa, incluso ir a una notaría, te parecerá más placentero. Pero lo haces, lo sufres, porque sabes lo que te espera. Si no fuera por la poética cuesta del autor de El rayo que no cesa, todo lo que habría a nuestro alrededor serían fachadas y el ruido de niñas y niños bañándose en piscinas. En cambio, si nuestros vecinos no son muy ruidosos, gente que, como tú, ha venido para disfrutar de Mojácar, el ruido ambiente será ninguno. El del campo propiamente dicho. Pájaros, cigarras y otros bichos que vuelan, una sinergia de sonidos que conduce directamente a la calma. Y claro, tampoco podríamos ver el mar. Pero el mar está ahí, ahora mismo lo estoy viendo.

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                            Ahora mismo lo estoy viendo.


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